Siempre guardamos recuerdos aunque así no lo queramos, pero los recuerdos son lo más hermoso que nos puede brindar la mente. Me gustan más los que uno quiere olvidar.
Cuando tuve trece años (sí trece) noté que los chicos me miraban de forma de distinta y me hacían poner muy roja. Por donde pasaba notaba las miradas. Realmente lo odiaba. Con el pasar de los meses empecé a acostumbrarme y hasta agradable se me hacía el hecho de los piropos, las miradas y embobamiento de los chicos al hablarme.
Un día, aún no recuerdo por qué, levanté la mirada ante el piropo de un compañero de colegio. Lo vi y sentí la necesidad de verlo siempre. Nunca fuimos amigos, sólo nos mirábamos y yo pensé que esas miradas iban en serio.
Llegaba a mi casa recordando siempre esos ojos, dejé de comer, de hablar, de dormir...sólo pensaba en él todo el día. Era algo muy extraño porque nunca lo conocí realmente.
Fue un año difícil, no soportaba los feriados, ni los fines de semana sólo quería estar en el colegio para estar cerca o por lo menos para distraerme y no pensar en él. Empecé a escuchar música lenta, todas las canciones me lo recordaban. Nunca había estado tan enferma como cuando me enfermé de amor. Me dolía el pecho siempre, sentía la necesidad de salir y que la casualidad nos encontrara. Nunca lo hice. Descuidé mis estudios, tomaba el carro más lleno de gente y con la ruta más larga porque pasaba por su casa (por supuesto él nunca lo supo, ni lo sabrá porque ya ni debe recordar mi nombre). Hasta logré calcular el momento exacto en que debía tomar el carro para coincidir con el horario en que tomaba el bus afuera de su casa. Las mujeres también hacemos ese tipo de estupideces cuando alguien nos gusta.
Cuando llegaron las vacaciones de verano pensé que no lo soportaría. Tres meses lejos del colegio no podría aguantarlo. Cuando pasó el primer mes me di cuenta que ya no pensaba en él, que la larga enfermedad de un año se fue en tan sólo un mes de no verlo y que todo había sido una tontería.
Cuando volví a clases, sentí algo raro por los recuerdos que me trajo, pero nunca más volví a pensar en nadie de esa manera. Así me curé, a tan pronta edad, de tan odiosa enfermedad. Alguna vez, después de un año, rebuscando entre mis cosas encontré un casete con música grabada del radio (con la voz del DJ y todo) fue el casete que grabé en el tiempo de mi enfermedad. Escuché "Canción de amor", la canción que más me lo recordaba y sentí un pequeño dolor en pecho. Fue la última vez que sentí algo por él.
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